La historia del protagonista del cuento Aladino y la lámpara maravillosa. Se trata, sin duda, de uno de los personajes más populares del libro de Las mil y una noches, habiendo sido adaptado y versionado en numerosas ocasiones.Aladino, en árabe Alâ’-ad-Dîn, es el héroe de Aladino y la lámpara maravillosa, cuento popular del libro de Las mil y una noches. En la mayor parte de las versiones del cuento, Aladino es el hijo perezoso de un pobre sastre chino. Tras la muerte de su padre conoce a un mago que, haciéndose pasar por su tío, lo convence para que lo ayude a recuperar una lámpara maravillosa que se encuentra escondida en una cueva. Como Aladino no consigue entregar la lámpara al mago antes de salir de la cueva, este se enfurece y lo deja allí para que se muera. En su desgracia, Aladino llora y se retuerce las manos, con lo que consigue liberar al genio encerrado en un anillo que el mago le había dejado. El genio, a su vez, libera a Aladino, quien pronto descubre que, si se la frota, la lámpara también convoca genios poderosos dispuestos a concederle cualquier deseo. Así, cuando vuelve el mago y su hermano, con la intención de robarle la lámpara, Aladino acude a sus genios protectores y derrota a ambos enemigos. El héroe acaba siendo inmensamente rico y casándose con la hija del sultán, vive una vida larga y feliz y, finalmente, sucede al sultán en el trono. El cuento de Aladino refleja las características formales, estilísticas y funcionales del Märchen, o cuento mágico, es decir, aventuras, abundancia de elementos sobrenaturales y escaso realismo, múltiples episodios, junto a un claro afán de entretenimiento. Al igual que en los cuentos de hadas, ilustra temas como el conflicto entre el bien y el mal y el triunfo de los débiles sobre los poderosos. El escritor francés del siglo XVIII Antoine Galland incorporó la historia de Aladino en su traducción de Las mil y una noches. El texto de Galland derivaba de tradiciones orales árabes (probablemente sirias), y el cuento todavía existe entre las narraciones populares árabes. La versión literaria de la historia de Aladino es conocida en todo el mundo, especialmente en Europa y América, y ha servido de inspiración a muchas obras artísticas. El escritor danés Adam Gottlob Oehlenschläger compuso, siguiendo la técnica de Ludwig Tieck, el texto dramático Aladino o La lámpara maravillosa. Entre otros compositores, Carl Nielsen es autor de una música escénica para la obra de Oehlenschläger. También se han compuesto varias óperas basadas en la leyenda de Aladino. El cuento de Aladino es una narración clásica que forma parte de la compilación de historias árabes, persas e hindúes “Las mil y una noches“. El argumento es bien conocido por los niños, sobre todo gracias a la versión en dibujos animados de Walt Disney. En este cuento, la ilustradora, Anne Buguet, ha hecho un magnífico trabajo, con una marcada influencia de las miniaturas persas, que plasma con gran colorido y una estética un poco naïf el ambiente de la Persia legendaria. Se trata de una equilibrada combinación de estética clásica e ilustración infantil moderna. Por su parte, la adaptadora, Anne Jonas, ha hecho un gran trabajo para acercarse a la psicología infantil y le ha dado el tono adecuado, una mezcla de inocente acidez y magia maravillosa, para conectar y “enganchar“ a los niños. Es pues, un cuento de los que nunca pasan de moda, que atrae a los niños y a los padres y educadores. Cada página descubre un mundo y ofrece mil detalles para hablar con los niños y estimular su imaginación y capacidad de observación.
El 7 de diciembre de 1941 el mundo entero se estremeció cuando la aviación japonesa descargó toda su furia contra la base estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai. Cerca de 3.000 personas perdieron la vida y el ataque significó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Ahora 60 años después estos hechos se recogen en la filmación más cara llevada a cabo por una sola productora.
Para lograr los mejores resultados se contrató al director Michael Bay, un auténtico especialista en películas de acción de gran presupuesto, artífice de éxitos como Armageddon o La Roca. El guión corre a cargo del reputado Randall Wallace y narra la historia de Rafe (Ben Affleck) y Danny (Josh Hartnett), dos amigos de la infancia que aprendieron a volar en aviones fumigadores y que pasado el tiempo entran a formar parte del cuerpo de pilotos del Ejército del Aire de los Estados Unidos. Ambos van a parar a la base de Pearl Harbor, y allí Rafe se enamora de Evelyn (Kate Beckinsale), una bella enfermera que sirve a la Marina. Pero Rafe es un atrevido idealista y no duda en alistarse en el Escuadrón del Águila, un grupo internacional que junto a los pilotos británicos plantaron cara en el aire a los alemanes durante la Batalla de Inglaterra. Se trata de una misión extremadamente arriesgada. Él lo sabe: la diferencia entre un combate real y la vida de un soldado en Hawai es abismal. Y por eso mismo no ha contado con Danny, cuya vida quedará asegurada en los tranquilos parajes de Hawai, y el cual, en compañía de Evelyn, esperará el feliz regreso de su mejor amigo. Pero, por entonces, los japoneses ya planean un ataque que cambiará la historia de Estados Unidos y del mundo entero.
La película es una demostración del poderío cinematográfico de Hollywood. Las escenas bélicas son de una verosimilitud soberbia. Hay planos a un tiempo espectaculares y terribles, como el del portaviones hundiéndose con una agónica carga humana en su interior. Entre Ben Affleck y Josh Hartnett (¡vaya descubrimiento de actor!) hay la química suficiente como para encender la pantalla durante la primera hora. Y es que, en el fondo, por encima de las escenas de acción, de factura insuperable, Pearl Harbor es una película sobre la amistad y la lealtad, el valor y el patriotismo. Vamos, que al final uno tiene tentaciones de exclamar a pleno pulmón: "God Bless America".
Tres héroes de carne y hueso
Entre otras cosas, Affleck y Hartnett recrean los actos de heroísmo de algunos soldados americanos durante el ataque, entre ellos el de los tenientes George Welch y Kenneth Taylor. Ellos solos derribaron 6 de los 29 aviones japoneses que causaron baja. Después participaron en el ataque aéreo a Doolittle. Por su parte, Cuba Gooding Jr. interpreta a un marinero de tercera clase, el cocinero Doris Miller, el cual, sin formación armamentística alguna fue capaz de derribar dos aviones. Miller recibió a título póstumo la Cruz Naval.
Bombardeos digitales Cuarenta minutos dura la larga secuencia del bombardeo de Pearl Harbor llevado a cabo por la aviación japonesa. Una secuencia que se hace esperar, mientras el enamoradizo trío protagonista trata de resolver sus cuitas amorosas. Pero una vez llegada, vale la pena. El rodaje se efectuó en los lugares donde se produjeron los hechos históricos. Una de las escenas de bombardeos implicó explosiones en seis barcos que medían entre 120 y 180 metros de longitud, entre ellos el célebre Arizona. John Frazier y su equipo de especialistas utilizaron 700 mechas para la dinamita y más de 15.000 litros de gasolina, que armaron un follón pirotécnico de muy señor mío. 12 cámaras no perdieron detalle de unos momentos que no podrían ser rodados nuevamente. El director Michael Bay comenta: "Fue un compendio de lo que es una catástrofe: aviones volando, un helicóptero, un B-25, gente en pequeñas embarcaciones..." Estos efectos especiales "en directo", recibieron luego el último toque en la postproducción digital de Industrial Light & Magic. Hablan los actores
Ben Affleck: "Danny y Rafe son la combinación de muchas personas. Por ejemplo, mi personaje representa perfectamente todo lo que le puede ocurrir a una persona en una guerra". Y afirma tajante que "no habría aceptado el papel si hubiera sido una película propagandística. Hemos intentado ser justos y honestos. En la película se presenta a los japoneses como gente honorable".
Josh Harnett: "Lo que hace atractivo al personaje de Danny es que él ya tiene un sentido personal de lo que es la guerra antes de que empiece la batalla. Ha visto sufrir a su padre y ya sabe lo que es un muerto en vida".
El efecto Titanic Se puede decir que Pearl Harbor es la primera película que pisa sin complejos los talones del esquema argumental de Titanic, el hiperoscarizado film de James Cameron. Pues aquí, también tenemos un triángulo amoroso (la variente estriba en que los dos chicos, aunque rivales en el amor, son íntimos amigos) y acción trepidante que incluye el hundimiento en el mar del Arizona, con sus desgraciados tripulantes atrapados en las tripas del barco.
EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: LA COMUNIDAD DEL ANILLO (Lord Of The Rings: The Fellowship Of The Ring)
Estados Unidos, 2001
Dirigida por Peter Jackson, con Elijah Wood, Viggo Mortensen, Ian McKellen, Sean Astin, Liv Tyler, Cate Blanchett.
Mucho se ha hablado de la saga de Tolkien, una de las novelas más populares del siglo XX. Se ha dicho –no la he leído– que la primera parte es un tanto densa por el lado descriptivo porque allí se crea una cosmovisión propia, un universo particular dotado de misticismo y aventura. Esta primera parte es la que acaba de tomar en sus manos el cine. El interesante director encargado de llevarla a la pantalla, Peter Jackson, había sorprendido con Criaturas celestiales, una buena película y un cambio de rumbo en su filmografía, cercana antes al comic y al cine bizarro. Jackson se enfrentó pues a la necesidad de recrear un mundo aparte, con una gran cantidad de información que el público masivo no compartía con los lectores de la novela.
La secuencia de apertura recuerda un poco a la de La momia regresa, pero comprime exitosamente los datos que preparan al espectador para la historia que comienza (el director también tuvo que lidiar con el libro originario de la saga, "El hobbit", con el que hace un ajuste de cuentas en la escena inicial).
Una vez descriptas las diversas razas, ya explicado el poder maligno del anillo, la trama es, en principio, bastante simple: los buenos deben trasladar el anillo justo a donde se ubica la guarida de los malos –el único lugar donde puede ser destruido–, que es prácticamente impenetrable; en el camino deben enfrentar diferentes monstruos, e incluso luchar contra sus propios instintos (el anillo despierta la codicia de todo el que lo tenga cerca). Claro que la fidelidad al libro le acarrea a Jackson bastantes problemas.
Probablemente George Lucas haya leído a Tolkien más de una vez. Hay mucho de "El señor..." en la saga original de Star Wars: es una trilogía, la ficción está situada muy pero muy lejos de la actualidad, la Fuerza –léase la magia– cumple un papel importante y la lucha entre el Bien y el Mal es el tema central del film.
La influencia parece ir de Lucas a Jackson en esta adaptación cinematográfica, aunque no llega toda por igual. Si bien la fuente oficial de El Señor... es el texto de Tolkien, para el que se sabe de memoria la historia de La guerra de las galaxias, el film que nos ocupa recupera esa trama familiar. Por cierto que Jackson produce una sensación de ahogo con la reiteración de información acerca de un desarrollo que se adivina al instante. Aquí hay mucho, pero mucho de Star Wars. Frodo podría ser Luke, el anillo reemplazaría al lado oscuro de la Fuerza, Gandalf a Obi-Wan Kenobi, y etc. Pero hay un personaje fundamental de la saga de Lucas que no tiene equivalente en ninguno de los protagonistas de El Señor de los anillos. En esta ausencia se concentra el gran problema del film.
Se trata de Han Solo, que en la piel de Harrison Ford cumplía una función imprescindible: la conexión entre ese mundo fantástico del pasado y la cultura del espectador actual. Solo –nótese el apellido elegido– era el individualista del film, el antihéroe americano por excelencia. Los otros querían cambiar el mundo; él quería juntar plata y quedarse con la chica. Era el canchero del grupo, pero también el que más se equivocaba. Casi todo el humor de la saga recaía en él. En definitiva, Solo era el más humano, el que identificaba a la platea y rompía un poco con la solemnidad de los diálogos y la simpleza ideológica del film.
En El Señor... no hay personaje semejante. Todos, pero todos, creen y predican el poder mágico del anillo y la lucha entre el Bien y el Mal. ¿Qué ocurre entonces? Que el misticismo se transforma en aburrimiento. Los diálogos, que suenan bíblicos, socaban cualquier identificación con Frodo y cía. Jackson agobia con las enseñanzas y sermones de Gandalf y otros secundarios sin una figura que haga de contrapeso. El humor es tan inocente que no logra efecto.
En el fondo, la información innecesaria y la prédica trillada son los verdaderos protagonistas del film. Las secuencias de acción, ansiadamente esperadas, son las que salvan a la película del tedio absoluto. Intercaladas con bastante inteligencia, llegan siempre a tiempo para que el espectador no se pierda en sueños más interesantes que lo que venía sucediendo. Los efectos especiales, salvo excepciones, se han aplicado con fundamento, y la puesta en escena es acertada, aunque sobreabunda en fotos paisajísticas.
Las tres horas pasan relativamente rápido, pero el final –demasiado abierto– deja un sinsabor decepcionante.
Ignoro si la novela de Tolkien es superior a su versión cinematográfica, pero para acercarse al mundo de los hobbits –tan popular que fue absorbido por el rock– vía más interesante sigue siendo algún disco de Led Zeppelin o del Pink Floyd psicodélico que encabezaba Sid Barret. Y si del Medioevo se trata, ya salió en video Corazón de caballero, una película mucho más original, renovadora, inteligente y entretenida que ésta.
a película más cara de la historia del cine se estrenó a finales de 1997 en Estados Unidos, un poco más tarde en nuestro país. La fecha prevista inicialmente para el estreno de "Titanic" (el 2 de julio) tuvo que ser retrasada más de cinco meses por problemas de postproducción. Tras la larga espera, el público ha podido ver si los más de 200 millones de dólares (más de 29.000 millones de pesetas) que ha costado la película (sin contar gastos de marketing ni distribución) han merecido la pena.
James Cameron, un director acostumbrado a manejar presupuestos multimillonarios y sofisticadisimos efectos especiales (él es el padre de los "Terminator"), ha querido superarse con su nueva cinta. El realizador, consciente de que esta no es la primera vez que una película narra la tragedia del famoso trasatlántico, quería mezclar el presente y el pasado. De modo que la aventura se inicia en los años noventa, con una expedición submarina, para remontarse 85 años atrás y contar los problemas de los pasajeros, sus envidias, sus pasiones...
La pregunta de los 200 millones de dólares es: ¿era necesario gastar tanto dinero para explicar esta historia? Para Cameron, sí. El director hizo construir un barco casi del tamaño del original y empleó los efectos especiales más modernos para hundirlo después. Paramount y Fox no están tan seguros de que la película precisara tal inversión.
El filme tendrá que recaudar 400 millones de dólares para recuperar los gastos, y a pesar de que en su prestigioso reparto hay dos nominados al Oscar (Kate Winslet y Leonardo DiCaprio) y una ganadora (Kathy Bates), los estudios piensan que la cinta no cuenta con el peso de una estrella suficientemente taquillera.
Las escenas que desde el verano se proyectan para promocionar la película son extremadamente reales y espectaculares. La historia que se presenta es muy interesante y los actores que la protagonizan tienen, a pesar de su juventud, reputación de ser de lo mejor de su generación. La duda es si todo ello es suficiente para que el público sucumba a las tres horas y 14 minutos de duración. Más tiempo que el naufragio real.
Hasta ahora, el cine ya había encontrado en el desastre del "Titanic" una fuente constante de inspiración. Desde que se hundió, año tras año han ido apareciendo películas y documentales que han recreado aquella fatídica noche del 14 de abril de 1912. Su naufragio causó desde un principio tal fascinación que apenas los supervivientes habían tocado el puerto de Nueva York, un cineasta inició el rodaje de la primera película.
Se titula "Saved from the Titanic" ("Salvada del Titanic"), película muda, producida por la Eclair Moving Picture Company, que se rodó y estrenó en mayo de aquel mismo año. Su protagonista es Dorothy Gibson, actriz de escaso éxito hasta entonces, pasajera en primera clase en el barco. Cuando se rodó, decían que miss Gibson fue la primera mujer que subió a un bote salvavidas, aunque en la película aparece como una dama valiente. Su director, Etienne Arnaud, no logró imprimir emoción al filme y la película estuvo pocas semanas en cartel pese a la avidez del público por saber más sobre el "Titanic" y a que fue rodada en un trasatlántico casi gemelo, el "Olimpic".
En 1933, Frank Lloyd dirigió "Cavalcade". Una "cabalgada" sobre la vida británica desde el final de siglo pasado hasta 1933, vista a través de una familia inglesa. Entre los acontecimientos que afectan a esta familia está el naufragio del "Titanic". La cinta está protagonizada por Diana Wynyard y Clive Brook y se trata de una adaptación de la obra teatral de Noel Coward de 1931. Obtuvo tres premios de la Academia, incluyendo mejor película y mejor director.
La Alemania de Adolf Hitler también hizo su película: "Titanic". El ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, encargó en 1943 un filme en el que tanto la tripulación como los pasajeros ingleses aparecen como un hatajo de cobardes borrachos. El guionista hace que los únicos decentes a bordo sean los de origen alemán, hasta el punto de que la persona que intenta advertir del hielo flotante es un germano. Fue dirigida por Herbert Selping y por Werner Klingler. Selping se suicidó en prisión, forzado por las SS, y Klingler acabó la película al gusto de Goebbels. Los efectos especiales de este filme son tan extraordinarios que las secuencias del hundimiento han sido utilizadas en otras películas, como en "A night to remember".
En 1953 Jean Negulesco dirigió "Titanic", producida por la Fox. Casi ninguno de los hechos que refleja esta película están basados en la realidad e incluso se producen anacronismos. Está protagonizada por Clifton Webb, Barbara Stanwyck, Thelma Ritter y un jovencísimo Robert Wagner. Con todo, el filme, en blanco y negro, ganó el Oscar (1954) al mejor guión, historia y puesta en escena.
"A night to remember» fue dirigida por Roy Ward Baker en 1958. Fue producida por Rank Film Production y se trata de una adaptación de una obra de Walter Lord. Relata con un realismo casi documental el hundimiento del "Titanic", aunque se tome algunas licencias, como el bautismo del barco, que en realidad es el "Queen Elizabeth". La protagonizan Kenneth More, Anthony Bushell, Michael Goodliffe y Laurence Naismith.
En 1971, la televisión recupera la tragedia. Así, la popular serie británica "Upstairs, downstairs" ("Arriba y abajo", en España), que narra las vicisitudes de una familia aristócrata y de sus sirvientes entre 1903 y 1930, se trace eco del naufragio. Ocho años después y también pare la televisión se rueda el docudrama "SOS Titanic», producido por EMI Films. Dirigida por William Hele, actúan Harry Andrews, David Janssen, John Moffatt, Paul Young y Nancy Nevinson.
En 1980 se rodó "Raise the Titanic", dirigida por James Jameson y protagonizada por Jason Robards, Richard Jordan y Alec Guinness. Se trata de una película de absoluta ficción en la que rescatan el barco para sacar de sus bodegas un misterioso mineral embarcado por unos mineros de Colorado (Estados Unidos) que trabajaban en Rusia. El filme tuvo varias propuestas pare recibir los Razzies Awards como peor película, peor puesta en escena y peor actor secundario de 1981.
La CBS produjo en 1996 la miniserie pare televisión titulada "Titanic". La dirigió Robert Lieberman y en ella actúan Peter Gallagher, George C. Scott, Katherine Zeta Jhones y Eva Marie Saint, entre una cincuentena de actores. Está escrita por Joyce Eliason y fue propuesta para los premios EMI 1997 por su sobresaliente sonido.
Unos meses antes de la presentación del "Titanic" de James Cameron, Bigas Luna ha estrenado "La camarera del Titanic". Rodada en Italia, es la primera película de época de este realizador español y relata la historia de un joven obrero que gana en un concurso un billete de ida y vuelta a Southampton pare ver zarpar el 'Titanic'. La protagonizan Aitana SánchezGijón y Olivier Martínez.
El naufragio del "Titanic" también ha sido objeto de numerosos documentales, libros y artículos de prensa.
Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo, y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!». No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía soportar que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
«Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?».
Y el espejo le contestaba, invariablemente:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país».
La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad.
Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?».
respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella».
La Reina se espantó, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía revolvérsele el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo, de día ni de noche. Finalmente, llamó un día a un montero y le dijo:
—Llévate a la niña al bosque, no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.
Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, ésta se echó a llorar:
—¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio.
Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
—¡Márchate, pues, pobrecilla! —y pensó—: No tardarán las fieras en devorarte.
Y, sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un jabatillo, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.
La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.
Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo. Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared se veían siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquitín de legumbres y un bocadito de pan de cada platito, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, se encomendó a Dios y quedó dormida.
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado en ella, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.
Dijo el primero:
—¿Quién se sentó en mi sillita?
El segundo:
—¿Quién ha comido de mi platito?
El tercero:
—¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
El cuarto:
—¿Quién ha comido de mi verdurita?
El quinto:
—¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?
El sexto:
—¿Quién ha cortado con mi cuchillito?
Y el séptimo:
—¿Quién ha bebido de mi vasito?
Luego el primero, dándose una vuelta por la habitación, viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
—¿Quién se ha subido en mi camita?
Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:
—¡Alguien estuvo echado en la mía!
Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves, dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla y dejar que siguiera durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche.
Al clarear el día se despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Blancanieves —respondió ella.
—¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos.
Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casita.
Dijeron los enanos:
—¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.
—¡Sí! —exclamó Blancanieves—. Con mucho gusto —y se quedó con ellos.
A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar por la tarde, encontraban la comida preparada. Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:
—Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza. Acercose un día al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?».
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella, pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella».
La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaba reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada, se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:
—¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Blancanieves se asomó a la ventana y le dijo:
—¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traéis para vender?
—Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores —y sacó uno trenzado, de seda multicolor.
«Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer», pensó Blancanieves, y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.
—¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo.
Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.
—¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los sietes enanos. Imaginad su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:
—La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie, mientras nosotros estemos ausentes.
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?».
Y respondió el espejo, como la vez anterior:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella».
Al oírlo, del despecho toda la sangre le afluyó al corazón, pues vio que Blancanieves continuaba viviendo. «Esta vez —se dijo— idearé una treta de la que no te escaparás», y valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.
—¡Buena mercancía para vender! —gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo:
—Seguid vuestro camino, que no puedo abrir a nadie.
—¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —dijo la vieja y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Le gustó tanto el peine a la niña, que olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta.
Cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
—Ven que te peine como Dios manda.
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.
—¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista! —y se marchó.
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, enseguida sospecharon de la madrastra y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo quitaron y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.
La Reina, de nuevo en palacio, fue directamente a su espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?».
Y, como las veces anteriores, respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella».
Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia.
—¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida!
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos.
Llamó a la puerta. Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:
—No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
—Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.
—No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada.
—¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate, corto la manzana en dos mitades: tú te comes la parte roja, y yo, la blanca.
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, no pudo ya resistir. Alargó la mano y cogió la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y, echándose a reír, dijo:
—¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?».
Le respondió el espejo, al fin:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país»
Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse. Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
—No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra —mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: «Princesa Blancanieves». Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí haciéndole vela. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita.
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano.
Sucedió, empero, que un príncipe que se había metido en el bosque, se dirigió a la casa de los enanitos para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos:
—Dadme el ataúd. Os pagaré por él lo que me pidáis.
Pero los enanos contestaron:
—Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
—En tal caso, regaládmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó del cuello de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.
Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:
—¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
—Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo:
—Te quiero más que a nadie en el mundo. Vente al castillo de mi padre y serás mi esposa.
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se dispuso la boda, que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor. A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?».
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella, pero la reina joven es mil veces más bella».
La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda, pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo, sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Cogiéndolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.
Sinopsis:
La bella Blancanieves se ve obligada a huir del castillo donde vivía porque su malvada madrastra no soportaba que fuera más bella que ella. Se refugia en la cabaña de los siete enanitos, hasta que es encontrada y envenenada con una manzana por su horrible madrastra, quedando dormida hasta que un príncipe la despertara
- Me encantaban estos confititos de anís, que venian en unos muy truchos envases de plastico, jeje!! en a foto un Topo Gigio y otras cosas...............
Y mucho mas...